Cuando el agua en el desierto significa destrucción, pobreza y muerte.

El verano es época de lluvias en el Sahel. En esta zona de África central no hay medias tintas, la población espera con el mismo temor las sequias y las inundaciones.

En los últimos años, las inundaciones se han vuelto cada vez más devastadoras. Este año se han registrado las precipitaciones más altas en los últimos treinta años.

Unas inundaciones de este calibre generan sobre todo pobreza. Recordemos que Chad es el quinto país más pobre del mundo y que el 80% de su población vive por debajo del umbral de pobreza.


Las lluvias de este verano han dejado al Covid -19, que, según datos oficiales del gobierno, en Chad ha causado, hasta la fecha, 1.004 contagios, 77 muertes, en una mera anécdota. Chad tiene sus propias plagas y desgraciadamente son más frecuentes que las europeas.


Las casas se han derrumbado, muchas vías de comunicación están cortadas, miles de cabezas de ganado perdidas, pozos de agua potable anegados, cultivos destruidos…. Las calles son de arena y se han vuelto intransitables. Los comercios han cerrado por la falta de clientes, justo después del cierre obligatorio por la pandemia de Covid. Los negocios no funcionan y los trabajos se han perdido, los alquileres de viviendas y locales se están dejando de pagar. Déficits que no aparecen en los datos oficiales, porque la mayoría de los empleos y comercios no están regulados.


En N´Djamena, se habilitaron las instalaciones de la Universidad para acoger a los que han perdido sus hogares. Muchos ciudadanos se han solidarizado acogiendo a sus vecinos o familiares, la situación es insostenible.


La falta de infraestructura impide un buen control del agua. Falta de red de alcantarillado, canales de drenaje, cuencas de retención… La falta de medidas preventivas prevén que el drama regresará una vez más el próximo verano.


El agua se retira pero continúa generando daños.

Los datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), han registrado que entre el 8 y el 16 de agosto, 11.764 personas emigraron en la Región de los Lagos, una de las cifras más alta jamás registrada en un período tan corto. La OIM cifró en 363.807 los nuevos desplazados en áreas de República de Chad, un 22% más que el año anterior.


La presión migratoria en la zona del lago Chad es insostenible y aunque ha aumentado por las inundaciones, no se trata de la única causa. La región se enfrenta a una doble crisis: medioambiental y de seguridad. Desde 2015, la zona sufre repetidos ataques de grupos armados de Boko Haram que han obligado a desplazarse a millones de personas en la cuenca del lago. Los ataques contra cuerpos de seguridad y contra civiles son cada vez más frecuentes, por lo cual el gobierno chadiano declaró en marzo 'zonas de guerra' a los departamentos de Fouli y Kaya, fronterizos con el lago.


Por si esto fuera poco, se han detectado más de 6.000 casos del virus de chikunguña entre ciudadanos de Abéché, capital de la región Ouaddaï y cuarta ciudad de Chad.

Las inundaciones han provocado la propagación de los mosquitos que transmiten el virus con su picadura y que han provocado el resurgimiento de esta enfermedad tras más de treinta años sin casos.


Hasta ahora, el virus no ha causado ninguna muerte, pero las autoridades han manifestado su inquietud por este brote. “Requerimos a nuestros socios que nos ayuden. Lo hemos notificado oficialmente a la Organización Mundial de la Salud", señaló el ministro chadiano de Sanidad, Abdoulaye Sabre.


A principio de año los chadianos se sintieron afortunados cuando el brote de plaga de langostas que asolaba el cuerno de África fue controlado antes de llegar a sus cultivos. La alegría dura poco en casa del pobre.


ALD

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